Viernes del Señor

Es viernes. Se divisa una luz especial por las bocacalles que dan a la Plaza. De su gama cromática podría sacarse la paleta de colores de la ciudad. Sobre sus lozas se reproduce el teatrillo que cada atardecer se repite, sin necesidad de reparto ni ensayo, variando el guion según la época del año. Ahora la primavera agoniza, con largas puestas de sol. Un grupo de niños juega con costales y un paso de cruz de mayo, de un solo pasajero. Chicotás a golpe tambor de juguete, que suena en la puerta de la administración. A pocos metros, otros juegan al fútbol marcando a balonazo limpio la fachada de la Parroquia. Las palomas revolotean y se pasean entre el Santo, la espadaña, la torre del reloj y el monumento a Juan de Mesa. El quiosco de la esquina muestra el género, que abastece a los que ocupan los bancos de la Plaza, privilegiados espectadores de este incesante entretenimiento para los sentidos. Suenan ahora las campanas de la Basílica y de San Lorenzo, marcando la media. Se pide plato de caracoles, tapa de solomillo al whisky, adobo y media de ensaladilla, acompañado todo con heladas rubias de barril. El sol cae, bañando con sus últimas luces las espadañas y la claraboya de la Basílica. Mientras tanto, en la casa del Señor, se alza el Cuerpo y Sangre de Cristo, ciriales arriba.

Durante las misas, para llegar al camarín hay que recorrer el pasillo que da al Sagrario. Un azulejo de la Virgen indica el punto donde se encuentran las escaleras que suben al cielo hecho de mármol rojo. Ahí está Dios Hijo, con túnica morada lisa, cíngulo, y doradas potencias. Sobrecoge ver las concentradas miradas de quienes allí acuden. Sin pudor hablan con el Señor de sus preocupaciones más íntimas. Susurros y murmullos se prolongan unos instantes indefinidos y terminan con un beso o una caricia en su talón. Ante esta escena, uno realmente se plantea si merece siquiera la pena molestar al Señor; si tendrá oídos para tantas voces que lo llaman. Aquí no se viene a pedir por causas menores, esto es cosa seria. Poco a poco, como el mar devora cabos por la erosión del mar, la fe de sus devotos ha ido dejando en carne viva el pie del Señor. Sobre el talón del Gran Poder está escrita la historia de Sevilla. Historias de abuelos, padres, hijos y nietos, que han ido agrandando el Poder de este Dios que camina el Viernes Santo, pero que sale a la calle cada viernes en los ojos de quienes van a verle. Deseos y peticiones que también toman forma de claveles rojos, colados por el hueco del cristal que protege a la imagen, o de escritos en notas dobladas con mimo, que quedan ocultas bajo la peana. De este celestial lugar nadie sale igual que entra, porque el Señor ya sabe de sus males, y eso tranquiliza. La zancada larga bajo el peso de la Cruz ya es de por sí una muestra de fe: por más que pese tu cruz, confía y sigue adelante.

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